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Opinión; El Testamento de la Periferia – A un año de su pascua

Nota de la Redacción. El politólogo Diego Ramos traza, a un año de la muerte del Papa Francisco, una lectura profundamente política y teológica de su legado, al que define no como recuerdo, sino como guía vigente. La síntesis del artículo presenta a Francisco como un líder que trascendió lo religioso para convertirse en una referencia ética global. Destaca su capacidad de acercar el Evangelio a los sectores excluidos y de interpelar tanto a los no creyentes como a una Iglesia tradicional que, según Ramos, muchas veces se replegó en una fe desvinculada de la realidad social.

El eje central del análisis es la dimensión política de su mensaje: Francisco denunció las desigualdades estructurales del sistema económico, cuestionó la “cultura del descarte” y planteó que el pecado no es solo individual, sino también social. En esa línea, su pensamiento se configura como una crítica directa al neoliberalismo y al predominio del mercado sobre la dignidad humana.

Ramos también subraya su visión integral de la crisis contemporánea —social y ambiental— y su propuesta de una “amistad social” como alternativa frente a la violencia y la fragmentación. Finalmente, el artículo concluye que el verdadero legado de Francisco no es devocional, sino transformador: exige una fe comprometida que impacte en la vida política y social, llamando a dejar la indiferencia y asumir un rol activo en la construcción de una sociedad más justa.

El Testamento de la Periferia: A un año de su pascua -Por Diego Ramos, Politólogo

Ha pasado un año desde que la voz de Francisco se fundió con el silencio de la eternidad. Sin embargo, su eco no es un recuerdo nostálgico; su palabra profética, que anunciaba y denunciaba cada proceso de deshumanización, se ha consolidado como una hoja de ruta ética y social.

Francisco fue el pastor que, paradójicamente, reconcilió a los descreídos con la propuesta liberadora del Evangelio. Al mismo tiempo, su visión pastoral interpeló a aquellos cristianos amantes del rito y la doctrina que prefirieron desoír su mensaje para permanecer encerrados en sus templos, custodiando una fe desencarnada, deshistorizada y despolitizada.

Bergoglio llegó al cónclave con sus zapatos desgastados. Había comprendido que la vida del Evangelio residía en la opción preferencial por los empobrecidos del sistema. El pueblo de las periferias —reflejado en las villas, en los barrios, en los obreros, en las juventudes desorientadas y en la valentía de las madres— se convirtió para él en una verdadera escuela de teología popular.

Se atrevió a bajar del altar para ensuciarse en el barro de la historia. Con ese mismo barro en sus zapatos entró al Vaticano para convertirse en el referente máximo no solo de la cristiandad, sino de toda persona de buena voluntad dispuesta a luchar por un mundo más justo. Francisco no nos dejó un manual de piedad; nos dejó un Manifiesto Político del Reino.

El punto de partida de su legado es una bofetada al cinismo global. Su teología social comienza con una denuncia tajante: «No a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata». Francisco desenmascaró el fetiche del mercado, señalando que «no puede ser noticia que caiga dos puntos la bolsa mientras no lo es que un anciano indigente muera de frío». Aquí, la teología se vuelve política radical: el pecado ya no es solo individual; es estructural frente al cuerpo social sufriente.

Hemos normalizado una «cultura del descarte» donde el ser humano ha dejado de ser explotado para convertirse en algo peor: un residuo. Ante esto, el Papa recordó que la ética no es un barniz para el capitalismo, sino su juez. Con voz profética, exorcizaba al «dios mercado» exclamando que el destino común de los bienes es la base de toda justicia. Su premisa era clara: no se puede ser cristiano y neoliberal.

La ética del cuidado que propuso nos hizo comprender que no existen dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. La teología política actual debe aceptar que el cuidado del planeta es un acto de caridad política, porque el desafío urgente de proteger nuestra casa común exige unir a toda la familia humana.

Vivimos tiempos de extrema violencia, donde la guerra pretende imponerse como única alternativa de habitar el mundo. Hoy más que nunca debemos levantar los estandartes de la Amistad Social: la política como forma de amor. Francisco fue capaz de rehabilitarla. Frente al odio, advirtió que «nadie puede pelear la vida aisladamente… Se necesita una comunidad que nos sostenga». No es un llamado ingenuo; es la comprensión de que la fraternidad política es la única alternativa a la autodestrucción. Su legado no es la resignación, sino la militancia del amor.

Francisco partió, pero nos dejó la responsabilidad de ser una Iglesia —y una sociedad— que funcione como hospital de campaña. Su mensaje es nítido: si nuestra fe no altera nuestras decisiones políticas, si nuestro culto no incomoda a los poderosos y si nuestra esperanza no organiza a los excluidos, entonces no hemos entendido nada. La mejor forma de honrar su memoria no es repetirlo en oraciones, sino derribar los muros de la indiferencia que él tanto denunció.

La mesa está puesta y el mundo sigue herido. ¿Seguiremos siendo espectadores o nos atreveremos a ser, como él, artesanos de una nueva humanidad?

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