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OPINIÓN: NO ES COSA DE MAGOS

Colaboración; Edmundo Fuster, Columnista – Editorialista

David Copperfield logró hacer desaparecer la Estatua de la Libertad. Algunos dirigentes argentinos parecen convencidos de que pueden hacer algo parecido con ciertos problemas políticos. La realidad suele ser menos colaborativa.

Hay escándalos que duran un par de días y desaparecen.

Otros, en cambio, sobreviven a las explicaciones, a los desmentidos, a los cambios de estrategia y a los intentos de correr la atención hacia otro lado.

Cuando cada explicación genera nuevas preguntas y cada intento de cerrar una discusión la vuelve a abrir, el problema deja de ser el hecho original.

El problema pasa a ser el truco.

Cuando el truco se vuelve más grande que el problema

Hay una canilla abierta que el Gobierno no logra cerrar desde hace meses.

A esta altura poco importa si los dólares estaban en un pen drive, si provenían de ahorros familiares, si la explicación fue exacta o imaginativa. El problema dejó de ser el hecho original. El problema es que cada intento de cerrar la discusión termina ampliándola.

Cuando una controversia política genera más conversaciones que las medidas de gobierno, más tensión que las disputas parlamentarias y más desgaste que los conflictos con la oposición, estamos frente a algo que ya no puede resolverse únicamente con comunicación. Sin embargo, parecería que todavía hay quienes creen que sí.

Arranquemos entonces este concienzudo análisis agradeciendo a Google por la información que a continuación les transmito.

“David Copperfield fue probablemente el mago más famoso de la era moderna. Entre otros prodigios, logró hacer desaparecer ante millones de espectadores nada menos que la Estatua de la Libertad”.

Nuestros magos criollos han intentado una hazaña parecida. No con una estatua. Con un tema político. Y por ahora los resultados no parecen demasiado alentadores.


EL PROBLEMA DEL SEGUNDO MAGO

Cuando un truco falla, el público suele darle una segunda oportunidad al ilusionista.

Cuando falla dos veces, aparece otro mago. Y cuando tampoco funciona, aparece un tercero para explicar por qué los anteriores no tuvieron éxito. Eso es exactamente lo que viene ocurriendo.

Al productor, la escribana, los contratistas, los amigos, los beneficiarios y los ocasionales defensores los fue uniendo un mismo propósito: ayudar. Sin embargo, cada intervención pareció agrandar un poco más el agujero que intentaban tapar.

Lo que debía cerrar preguntas terminó generando nuevas preguntas. Lo que debía tranquilizar terminó alimentando sospechas. Lo que debía disipar dudas terminó multiplicándolas.


LA ESTATUA SIGUE AHÍ

La presentación de la declaración jurada coincidió con el comienzo del Mundial.

Tal vez alguien pensó que el fútbol, como tantas otras veces, desplazaría el tema de la conversación pública. No ocurrió. Las explicaciones posteriores tampoco lograron modificar el escenario.

Mientras tanto aparecieron nuevos episodios, nuevos escándalos y nuevas polémicas capaces de monopolizar titulares durante días. Pero la estatua seguía ahí. Cada tanto alguien arrojaba una nueva cortina de humo sobre el escenario.

El problema era que el público seguía viendo exactamente lo mismo.


EL DILEMA DE LOS ALIADOS

Aquí aparece una cuestión política mucho más delicada. La oposición dura quiere que el tema continúe vivo porque constituye una herramienta de desgaste. Eso es lógico.

Lo verdaderamente complejo es la situación de quienes no son oposición dura. Los aliados. Los gobernadores. Los sectores dialoguistas. El PRO. La UCR. Todos ellos quedaron atrapados en una discusión que no eligieron.

Si acompañan determinados cuestionamientos corren el riesgo de ser acusados de funcionales a sus adversarios. Si miran para otro lado corren el riesgo de quedar asociados a aquello que durante años dijeron combatir.

No parece una posición particularmente cómoda. Y por eso todos esperan que la solución llegue desde el propio Gobierno. El problema es que en el Gobierno tampoco abundan los voluntarios para inmolarse.


MÁS ALLÁ DE LOS DÓLARES

A esta altura tampoco parece relevante discutir si fueron cincuenta mil, quinientos mil o cinco millones. La corrupción no se mide solamente por la cantidad. Se mide también por la imagen que deja.

Cuando el dinero robado permanece invisible, escondido detrás de balances, sociedades y movimientos financieros, la indignación suele diluirse con el tiempo.

Pero cuando aparecen bienes concretos, viajes, propiedades, privilegios o explicaciones difíciles de creer, el impacto es diferente. La sociedad puede olvidar muchas cosas. Lo que rara vez olvida es aquello que puede imaginar.


CONCLUSIÓN

José Ortega y Gasset escribió hace más de un siglo que el hombre es él y su circunstancia.

La política también. Nadie gobierna en el vacío. Nadie comunica en el vacío. Y nadie puede ignorar indefinidamente aquello que se ha instalado en la percepción pública.

Se pueden cambiar los magos. Se pueden reemplazar ayudantes. Se pueden sacar conejos de la galera. Se puede llenar el escenario de humo.

Pero cuando toda la platea sigue mirando la misma estatua, el problema deja de ser el truco. El problema es que la estatua sigue ahí.

Y hay cosas que ni David Copperfield puede hacer desaparecer.

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