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OPINIÓN:¿Y si la AFA recupera las Malvinas?

Por Diego Ramos. Politólogo – Con esta ironía —pero recordando al mismo tiempo la gestión de la AFA para lograr el regreso del gendarme argentino detenido en Venezuela—, el mundo del fútbol vuelve a dejar en evidencia al gobierno nacional. La bandera exhibida por los jugadores al finalizar el partido no solo ratifica que este cruce ante los ingleses era mucho más que un simple juego, sino que expone la enorme distancia con un oficialismo que intentó minimizar y romantizar el encuentro.

El relato oficial no pudo contener ni dejar de traducir un clima que corría en sentido opuesto; un sentir popular que se vivía y escuchaba en las tribunas al ritmo de un canto unificado: «y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salte es un inglés… es de Milei». De fondo, resuenan inevitables las declaraciones del presidente argentino y su «admiración histórica» por la «Dama de Hierro», Margaret Thatcher.

Las declaraciones de la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, previas al partido, advirtiendo que estaba prohibido ingresar al estadio con banderas, camisetas u otros elementos alusivos a las Islas Malvinas, quedaron en offside desde el primer segundo. La prohibición se desmoronó cuando la parcialidad argentina tapó el himno de su rival, pero más aún ante un grito de guerra inédito con el que los jugadores cantaron el himno nacional, con una visceralidad jamás vista.

Si existe un territorio sagrado donde la memoria de Malvinas y el abrazo eterno a nuestros pibes que jamás se enfriaron, es en los tablones de las canchas argentinas. El fútbol de nuestro país es, por esencia y por herencia, profundamente malvinero. El repique de los bombos, el despliegue de los trapos, el minuto de silencio respetuoso que estremece cada 2 de abril y el grito de la tribuna han mantenido encendida la llama de que las islas no se entregan.

El miércoles pasado, la Selección hizo patria. Con un operativo político de contrabando en marcha, un pedazo de sábana blanca de hotel —pintado a mano con la leyenda indeleble de «Las Malvinas son argentinas»— burló la fría seguridad del gigante del Norte. Una travesura patriótica, una subversión futbolera que habría sido imposible de concretar sin la complicidad sagrada de los jugadores y el cuerpo técnico.

Ese trapo improvisado, plantado frente al arco y de cara a la marea albiceleste, fue el mejor pase gol que este plantel le dio al planeta entero. No fue solo una pancarta: fue un grito geopolítico que hizo estremecer a los pueblos del mundo que todavía sienten en carne propia el colonialismo británico, dejando de rodillas a la prensa internacional y obligando, incluso a los propios cronistas ingleses, a rendirse ante la dignidad de un pueblo que no olvida.

Las declaraciones políticas de los jugadores, sosteniendo con orgullo la decisión de flamear la bandera al grito ensordecedor de «un minuto de silencio para los ingleses que están muerto…», se unieron al gesto ético de Lionel Messi, quien no dudó en ofrendar la victoria a un país que la pelea en el día a día, donde el trabajo escasea y llegar a fin de mes es una batalla cotidiana.

Con esa sensibilidad popular, el plantel terminó de soldar el lazo indisoluble entre el fútbol y la política. Demostraron que el potrero sigue vivo y no es indiferente al dolor de su pueblo, y que la gloria deportiva solo es completa cuando se transforma en un escudo de dignidad colectiva. No se dejen engañar por la frialdad de los cipayos: no nos digan que fue solo un partido más.

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