La memoria que incomoda: teología, política y responsabilidad histórica en tiempos de desigualdad
LA RIOJA. 02.02.26 En la ciudad de La Rioja concluyó la segunda jornada del Seminario Nacional de Formación Teológica, un espacio de reflexión profunda que se desarrolla en el marco de los 50 años del martirio del obispo Enrique Angelelli, asesinado durante la última dictadura militar argentina. El encuentro no solo evoca la memoria de quienes dieron la vida por la justicia, sino que también propone una lectura crítica del presente nacional, interpelando tanto a la dirigencia política como a la sociedad en su conjunto. Uno de los momentos más significativos del seminario estuvo marcado por la exposición del politólogo Lic. Diego Ramos, quien, en su carácter de animador del encuentro, ofreció una lectura teológico-política que resonó con fuerza entre los participantes.
Durante la jornada se hizo memoria de los mártires y mártires de la dictadura y de los pueblos de América Latina, recordando a tantos hombres y mujeres que, desde el silencio de la vida cotidiana y junto a los sectores más vulnerables, continúan trabajando por sociedades más justas y equitativas. En ese clima de recogimiento y compromiso, el seminario se consolidó como un llamado a no olvidar que la fe, cuando es auténtica, no puede desentenderse de la realidad social.
El teólogo salteño Claudio Ramírez puso el acento en una distinción clave: la diferencia entre cristianismo y cristiandad. Mientras la cristiandad remite a estructuras jerárquicas asociadas históricamente a lógicas de poder y dominación, el cristianismo —subrayó— encarna una praxis liberadora, una acción profética que no solo denuncia las injusticias, sino que también propone caminos alternativos frente a un modelo que muchas veces se vuelve deshumanizante.
Sin embargo, uno de los momentos más significativos del seminario estuvo marcado por la exposición del politólogo Lic. Diego Ramos, quien, en su carácter de animador del encuentro, ofreció una lectura teológico-política que resonó con fuerza entre los participantes.
Ramos recordó que estos espacios se inscriben históricamente en la opción por los pobres, pero advirtió la necesidad de una precisión conceptual que no es meramente académica, sino profundamente política y ética.
“‘Pobres’ nombra una condición; describe un estado de carencia material o vulnerabilidad. Muchas veces funciona como una categoría estadística ubicada en la mirada del observador —el Estado, la academia o los organismos—. El pobre es visto, medido, clasificado”, explicó.
Acto seguido, propuso un giro conceptual que, lejos de ser semántico, implica asumir responsabilidades:
“Hablar de ‘empobrecidos’ nombra un proceso histórico y estructural. Indica una acción padecida: alguien empobrece a alguien. Introduce relación de poder, conflicto y responsabilidad. El empobrecido ha sido producido por un sistema”.
Desde esa perspectiva, Ramos alertó sobre los riesgos de quedar atrapados en discursos asistencialistas o filantrópicos que, bajo una aparente neutralidad, pueden terminar legitimando desigualdades persistentes.
“Si no asumimos desde la teoría crítica qué hacemos con estas categorías, corremos el riesgo de naturalizar la pobreza y repetir frases como ‘siempre hubo pobres’ o ‘son pobres porque…’. ‘Empobrecidos’ es una categoría crítica fuerte: denuncia explotación, colonialidad, desposesión y acumulación por despojo”, subrayó.
El planteo no eludió el contexto político actual. En un escenario nacional atravesado por tensiones económicas y sociales, la reflexión del politólogo invitó a preguntarse si las políticas públicas están orientadas a transformar las estructuras que generan exclusión o si, por el contrario, se limitan a administrar sus consecuencias.
La memoria de Angelelli, evocada a lo largo del seminario, volvió así a adquirir una vigencia inquietante. Su testimonio recuerda que la fe no puede ser neutral frente al sufrimiento ni complaciente con los mecanismos que lo producen. Recordarlo no es un gesto nostálgico: es aceptar que toda sociedad debe decidir de qué lado de la historia quiere estar.
El seminario cerró con una convicción compartida: la teología, cuando dialoga con la política, puede convertirse en una herramienta para pensar un país más humano. Pero también con una advertencia implícita: sin memoria, sin mirada crítica y sin responsabilidad colectiva, el riesgo no es solo repetir el pasado, sino acostumbrarse a él.
Porque allí donde la desigualdad se vuelve paisaje, la profecía deja de ser un discurso religioso para transformarse en una urgencia democrática.




