Diego Ramos: guerra, teología y crisis de hegemonía en el orden global
Esa es la verdadera disputa en curso: no solo quién detenta el poder global, sino bajo qué principios se ejerce. El politólogo Diego Ramos, en una entrevista con Luis «Charly» Carabajal, en el Canal Stream La Editorial, que conduce Luis Fernando Lagar, ofrece una lectura densa y multidimensional del actual escenario internacional, atravesado por la escalada bélica en Oriente Medio y el inédito enfrentamiento discursivo entre Donald Trump y el Papa León XIV. Su análisis no se limita a la coyuntura, sino que se proyecta sobre una crisis más profunda: la reconfiguración del poder global y la peligrosa hibridación entre política y religión.
Desde su perspectiva, uno de los ejes centrales del conflicto radica en la construcción simbólica que impulsa Trump. Ramos sostiene que el expresidente estadounidense no solo actúa como un actor político, sino que ha comenzado a presentarse bajo una narrativa mesiánica. Esta autopercepción —o construcción discursiva— lo ubica como una figura redentora, llamada a librar una batalla final contra un “mal” difuso, que engloba a todos aquellos actores que no se alinean con su visión del mundo. En ese marco, el lenguaje bélico se eleva a una dimensión casi escatológica, donde la guerra deja de ser un conflicto entre Estados para transformarse en una cruzada moral.
Este desplazamiento no es menor: según Ramos, implica una desnaturalización de la política. Cuando las decisiones estratégicas no pueden sostenerse desde argumentos racionales o jurídicos, se recurre a la teología como herramienta de legitimación. Así, conceptos religiosos son instrumentalizados para justificar acciones que, en términos del derecho internacional, resultarían difíciles de sostener. La identificación de “enemigos absolutos” —los denominados ejes del mal— habilita una lógica binaria que elimina matices y, con ello, cualquier posibilidad de negociación o diplomacia efectiva.
En contraposición a esta lógica, Ramos ubica la figura del Papa León XIV, cuya intervención se inscribe en una tradición teológica radicalmente distinta. Lejos de disputar poder político en términos clásicos, el pontífice introduce una crítica ética basada en el pensamiento de San Agustín, particularmente en su concepción de la paz como resultado inseparable de la justicia. La referencia a La Ciudad de Dios no es casual: allí se establece que un orden político sin justicia carece de legitimidad y se asemeja más a una estructura criminal que a un verdadero Estado.
En este punto, el análisis de Ramos revela una tensión estructural: mientras Trump interpreta las declaraciones papales como una intromisión política o incluso como una toma de partido a favor de sus adversarios, el Papa plantea una crítica de fondo al uso de la violencia como herramienta de orden internacional. No se trata, según Ramos, de defender a un Estado en particular —como Irán— sino de cuestionar la legitimidad de la guerra como mecanismo de resolución.
El conflicto en Oriente Medio, en este sentido, aparece como un escenario donde convergen múltiples capas de interés. Ramos identifica tres dimensiones clave. En primer lugar, la geopolítica: el progresivo desplazamiento de la hegemonía estadounidense y la emergencia de nuevos polos de poder, particularmente China y Rusia. En segundo lugar, la dimensión económica: el control de recursos estratégicos como el petróleo, el uranio y rutas comerciales vitales como el estrecho de Ormuz. Finalmente, la dimensión simbólico-religiosa: la utilización de narrativas como la “tierra prometida” para legitimar procesos de expansión territorial y dominación.
Para el politólogo, esta última dimensión es especialmente delicada. La apelación a fundamentos bíblicos o teológicos no responde a una interpretación genuina de los textos sagrados, sino a una operación ideológica que busca dotar de legitimidad trascendente a decisiones eminentemente políticas. En otras palabras, la religión deja de ser un marco ético para convertirse en una herramienta de poder.
En paralelo, Ramos advierte sobre el trasfondo estratégico del conflicto. Aunque no siempre visibles, actores como China y Rusia desempeñan un papel relevante, brindando apoyo indirecto a Irán mediante inteligencia, tecnología y coordinación táctica. Esta participación refuerza la idea de que el conflicto no es aislado, sino parte de una disputa mayor por la configuración del orden internacional.
Otro aspecto central del análisis es la situación interna de Estados Unidos. Ramos señala que Trump enfrenta una contradicción significativa entre sus promesas de campaña —particularmente la de resolver conflictos bélicos de manera rápida— y la realidad de un escenario que se le presenta cada vez más complejo e incontrolable. Esta brecha entre expectativa y resultado debilita su liderazgo y lo empuja a reforzar su narrativa simbólica, apelando a elementos religiosos para sostener su legitimidad.
En este contexto, el enfrentamiento con el Papa adquiere una dimensión adicional. No solo se trata de una disputa ideológica, sino también de un conflicto con implicancias sociales y electorales. Ramos destaca que una porción significativa del electorado de Trump se identifica con el catolicismo, lo que convierte sus críticas al pontífice en una decisión políticamente riesgosa. Al cuestionar la autoridad moral del líder espiritual, Trump podría estar erosionando el vínculo con una base clave de apoyo.
Finalmente, el análisis concluye con una advertencia de fondo: el mayor peligro no reside únicamente en la guerra en sí, sino en la forma en que esta es justificada. Cuando la política adopta un lenguaje teológico para legitimar la violencia, se corre el riesgo de eliminar los límites racionales y éticos que históricamente han contenido los conflictos. En ese escenario, la guerra deja de ser una última instancia para convertirse en una misión, y quienes la impulsan ya no se perciben como actores políticos, sino como ejecutores de un mandato superior.
