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OPINIÓN: ENTRE LA TRAGEDIA Y LA FARSA

Colaboración Edmundo Fuster, Editorialista. La historia política argentina parece moverse entre repeticiones y variaciones. Algunas señales del presente invitan a mirar el pasado con atención.

Cuando los conflictos internos pesan más que la gestión, la historia suele repetirse. A veces como tragedia, otras como advertencia.

Entre tensiones internas, decisiones políticas y errores no forzados, la pregunta es si la historia está repitiéndose o simplemente insistiendo.

“La historia ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa”.

Karl Marx lo escribió en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (1852). Un siglo después, Sean Connery estrenaba 007 – Solo se vive dos veces, como si la cultura popular confirmara, a su modo, que siempre existe un segundo acto: una repetición, una variación o un retorno.

Un breve repaso necesario

La Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación se formó oficialmente el 4 de agosto de 1997. Fue una coalición de centroizquierda integrada por la UCR y el Frepaso, que llevó a la presidencia en 1999 a Fernando de la Rúa junto a Carlos “Chacho” Álvarez.

En octubre de 2000, el vicepresidente renunció. A partir de allí comenzó la descomposición acelerada de un gobierno que duró apenas un año más. El resto es historia conocida.

Chacho Álvarez argumentó problemas vinculados a la corrupción. Se habló también de cálculos políticos orientados a una futura sucesión. Nada de eso quedó nunca plenamente probado. Lo cierto es el resultado: una crisis terminal que dejó una marca profunda en la política argentina y en la propia UCR, que aún hoy no ha logrado recomponer plenamente su vínculo con la sociedad.

Aquello fue, sin dudas, una tragedia política.

Nuestros días

En el presente, aparecen señales que invitan a mirar aquel espejo con cierta incomodidad.

José Luis Espert, tras varias negativas, renunció a su candidatura a diputado por la provincia de Buenos Aires. Las explicaciones posteriores no alcanzaron a disipar del todo las tensiones políticas que lo rodeaban, en un contexto atravesado por acusaciones vinculadas a presuntos nexos con el narco Fred Machado.

Por otra parte, el jefe de Gabinete fue denunciado a comienzos de este año por enriquecimiento ilícito. Desde entonces, cualquier logro de gestión queda rápidamente desplazado por el impacto de ese caso, conocido como “caso Adorni”, que el propio presidente ha defendido públicamente, prometiendo la presentación de su declaración jurada como elemento de esclarecimiento. Esa presentación aún no se concretó.

En paralelo, la ministra Patricia Bullrich reclamó públicamente la presentación urgente de la declaración jurada, generando un contraste político que no pasó inadvertido cuando ella misma presentó la suya días después. Un gesto simbólico que reforzó diferencias internas.

Luego vinieron episodios de mayor tensión institucional: la ausencia en el Te Deum, la imposibilidad de ingreso al Cabildo y otros gestos que fueron leídos como señales de destrato político hacia una de las figuras más relevantes del espacio oficialista.

Más recientemente, el Ejecutivo intentó retirar el pliego de una candidata judicial por vínculos familiares con un periodista. Bullrich se manifestó en desacuerdo y llegó a plantear su posible renuncia a la presidencia del bloque, decisión que no fue aceptada.

En ese marco, incluso se evalúa la creación de una instancia de coordinación integrada exclusivamente por funcionarios del Poder Ejecutivo, lo que podría excluirla de hecho de espacios de decisión. Un movimiento que, de inocente, tiene poco.

El contexto general

Mientras tanto, la oposición permanece fragmentada, más concentrada en sus propias disputas que en construir una alternativa clara. Como en la vieja máxima atribuida a Napoleón, cuando el enemigo se equivoca, conviene no interrumpirlo.

El problema es que el oficialismo parece acompañar ese escenario con errores propios, en un momento en que ciertos indicadores macroeconómicos muestran mejoras: inflación en descenso según INDEC, cierta recuperación de actividad en algunos sectores, aumento de reservas y acuerdos con gobernadores. Incluso con una agenda internacional activa y gestos políticos de alto impacto.

Sin embargo, esa mejora relativa convive con una dinámica interna conflictiva, marcada por tensiones entre figuras centrales del gobierno y su entorno más cercano, en una tregua frágil, sostenida con hilo fino.

El punto de inflexión

La pregunta que surge es si este esquema puede sostenerse sin consecuencias políticas mayores.

Supongamos que Patricia Bullrich decide retirarse del juego interno. No le faltan recursos: tiene mandato en el Senado hasta 2031 y conserva una de las imágenes más altas del sistema político. Su trayectoria le permitiría proyectar nuevas aspiraciones.

Cabe entonces preguntarse:

  • ¿Se conforma su proyección política con el rol institucional actual, reducido en la práctica a funciones de equilibrio legislativo?
  • ¿Está el presidente dispuesto a competir en una interna abierta con una figura de su propio espacio que conserva volumen político propio?

En esa tensión puede residir una parte significativa del futuro político del país, incluyendo la estabilidad de las inversiones y la capacidad de gestión.

Cierre

En un escenario ya cargado de fricciones, la acumulación de conflictos internos puede terminar generando un desgaste difícil de revertir.

No sería extraño que, entre tantas “cáscaras de banana” en el camino, alguien termine preguntándose hacia dónde conduce realmente esta dinámica.

La política argentina ya ha visto este tipo de recorridos. Y suele repetirse una advertencia sencilla: quien juega demasiado con el fuego, termina quemándose.

El problema no es la metáfora. El problema es cuando deja de ser metáfora.

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