OPINIÓN: TRES MARCHAS, UN VELORIO Y UNA ADVERTENCIA
Colaboración: Edmundo Fuster – Consultor y Columnista de Opinión
En apenas siete semanas Argentina protagonizó cuatro movilizaciones multitudinarias por motivos muy diferentes: el homenaje al papa Francisco, la defensa de la universidad pública, el reclamo contra los femicidios y la despedida del Indio Solari.
Más allá de las consignas, todas expresan algo que la dirigencia política, sindical, empresarial y mediática debería observar con atención: el estado de ánimo de una sociedad que sigue buscando formas de hacerse escuchar.
Comparto una reflexión sobre esos acontecimientos y sobre el riesgo de creer que los problemas argentinos se resuelven únicamente con indicadores económicos.

En apenas un mes y medio, Argentina protagonizó cuatro movilizaciones multitudinarias muy distintas. Todas dicen algo que la dirigencia parece no querer escuchar.
En menos de dos meses, la Argentina protagonizó cuatro movilizaciones masivas por motivos muy diferentes: el homenaje al papa Francisco, la marcha universitaria por el financiamiento, el reclamo contra los femicidios y la despedida del Indio Solari.
No se trató de convocatorias políticas partidarias, ni de actos obligados, ni de eventos pagos. Cada una nació de abajo, sin choripanes ni micros, impulsada por sentimientos genuinos.
CUATRO EXPRESIONES, UN MISMO PAÍS
El 18 de abril, una multitud colmó Plaza de Mayo para despedir al papa Francisco.
El 12 de mayo, miles de universitarios y ciudadanos salieron a defender la universidad pública. El 3 de junio, otra vez las calles se llenaron para exigir justicia por Agostina Vega. Y el 7 de junio, una marea humana despidió al Indio Solari en un velorio popular sin precedentes.
Cuatro fechas. Cuatro causas distintas.
Un mismo denominador: la gente salió porque sintió que tenía que estar.
ODIO CIRCULAR, DIVISIÓN REAL
En estas movilizaciones también apareció, como siempre, el otro costado: el insulto, la agresión, el odio. No sólo desde algunos sectores de la sociedad, sino también desde la cima del poder, que suele fomentar la división entre “buenos y malos”, “argentinos de bien” y “enemigos”.
Así se alimenta un odio circular y reciclado: nace abajo, se potencia arriba y vuelve a bajar. Y mientras tanto, seguimos más divididos que nunca.
No se trata de negar los logros económicos. Si esta gestión logra bajar la inflación, equilibrar las cuentas y recuperar el crédito internacional, pasará a la historia por eso. Pero también quedará registrada como la gestión que profundizó la grieta, que instaló el desprecio y que estigmatizó al que piensa distinto.
No son sólo palabras. Se dijo que el 95% de los periodistas son ensobrados, que los economistas que opinan diferente son econochantas, que quienes no coinciden son “ratas inmundas, fracasadas y liliputienses domésticas”. Ese clima contamina todo.
UNA SOCIEDAD QUE NO LLEGA
Mientras tanto, una porción cada vez mayor de la población no llega a fin de mes.
Si no termina en la desesperación total es por la red de contención familiar y los principios que aún funcionan como freno. Pero el cansancio social es profundo.
Políticos, sindicalistas, empresarios y funcionarios viven en un mundo paralelo. Para muchos, la gente es apenas un número de afiliado, un legajo, una estadística.
Y todavía hay empresas que tienen personal en negro, o monotributistas forzados para evitar cargas sociales.
Y proveedores del Estado que siempre encuentran un sobre para que la rueda siga girando.
LA CALLE HABLA
Las redes sociales pueden marcar el humor del día, pero cuando la gente sale a la calle, el mensaje es más claro y más poderoso. No todos los que fueron a Plaza de Mayo son católicos practicantes, ni todos los que marcharon por la universidad son estudiantes, ni todos los que fueron al velorio de El Indio son jóvenes “antisistema”.
Lo importante es otra cosa: hay una sociedad que se mueve, que se expresa, que duele, que reclama, que agradece, que se despide. Y que, sobre todo, no quiere ser ignorada.
Un mes y medio alcanzó para mostrar cuánto late el país real. Parar la pelota, levantar la cabeza y estudiar ese fenómeno debiera ser prioridad de cualquier dirigente que quiera comprender el presente y construir futuro.
No se puede mirar para otro lado y pensar que, con la baja de la inflación, y a cualquier precio, el problema argentino está resuelto, el camino allanado y la felicidad “ad aeternum” conseguida.
