OPINIÓN: “Por Malvinas, por el Diego, por la ultima de Leo…”
Por Diego Ramos, Politólogo
«Argentina, quiero verte bicampeón». El hito de esta canción acompaña a una marea albiceleste de miles de hinchas que, a su paso, lo van contagiando todo. Es el reflejo de una difusión cultural popular jamás vista por los locales; un fenómeno que vuelve a enamorar a los aficionados extranjeros y que reproduce, en países de todos los continentes, esta auténtica mística colectiva.

Lo cierto es que Argentina logró su clasificación a semifinales para enfrentar a Inglaterra el mismo día en que falleció el legendario Antonio Ubaldo Rattín. El eterno capitán de la selección pasó a la posteridad por estrujar un banderín con la bandera británica al negarse a abandonar la cancha, tras una polémica expulsión frente a Inglaterra en el Mundial de 1966. Pero vayamos por partes, porque el foco de atención está en la hinchada argentina y es necesario, mínimamente, entender de qué estamos hablando y lo que ella genera.
Por eso, no son inocentes cantos como «Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta es un inglés» o «Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina, quiero verte bicampeón… Treinta y dos años después, la Scaloneta va a vengar la copa que le robaron al Diez, la que no nos dejaron levantar». Hay allí una clara alusión al Mundial de Estados Unidos 1994, cuando el control antidopaje dio positivo para un Diego Armando Maradona que se plantaba ideológica y abiertamente en contra del imperio. Tampoco es casual que estos ejes entrelazados se metan hasta el vestuario de la selección actual. Los futbolistas de hoy, cotizados en euros o dólares y tantas veces encandilados por los flashes y las publicidades millonarias, no escapan, sin embargo, a la fuerza de gravedad de la argentinidad popular. Ese grito de libertad colectiva los rescata, los descalza y les devuelve los pies a la tierra de su propia historia.
Y es que el fútbol en la Argentina no se juega: se padece y se celebra en una dimensión inaccesible para el resto del mundo. En cada rincón del territorio late un dogma invisible; cada hincha habita la certeza ciega de que su equipo es el mejor y su tribuna, la más hermosa. No importan los números: aunque sean apenas cien, se sienten la mitad más uno. Es, ante todo, un acto de fe. Cantan, saltan, se abrazan, se besan y liberan lágrimas que no distinguen entre la tristeza y la alegría. Es allí, entre el rito y la herencia, donde se consuma una liturgia futbolera única: una auténtica religiosidad popular donde la pelota es el milagro y la cancha, el altar. Se trata de una resistencia viva a lo impuesto, a lo inauténtico y al desencanto individualista; una creatividad pícara e ingeniosa que, al ritmo de los bombos y las canciones, se le ríe en la cara a la desesperanza.
Tal vez así se pueda comprender este contagio genuino. No se trata de una colonización cultural; al contrario, hay en este fenómeno un grito decolonial, un ofrecimiento a convertirse en fusible ante las opresiones cotidianas. Es una invitación directa a la experiencia más humana y visceral que existe: saltar abrazados, sentir la cercanía del otro, poner el cuerpo. Son cuerpos felices que olvidan el mandato de mirar el mundo de una sola forma. Porque ahí, en la tribuna o en la calle, cuando la alegría estalla, hasta el rostro te cambia. Si no, pregúntenles a los policías de Kansas City, Dallas, Atlanta o Miami que venían a imponer el orden y terminaron bailando y sonriendo de oreja a oreja, trocando la represión por una alegría liberadora.
Podemos estar de acuerdo en lo que mueve y significa el mercado del fútbol de élite; pero también debemos coincidir en la resistencia que le opone la mística futbolera popular. Fútbol, religión y política constituyen la tríada indisoluble que jamás está ausente en la mesa de los argentinos. Esta matriz cultural explica fenómenos como la misa maradoniana o las banderas del Diego —con su habano y su tatuaje del Che Guevara— flameando en las propias narices de las ciudades y estadios del país del Norte. Es la iconografía de la rebeldía instalada en el corazón mismo del imperio.
Porque, en definitiva, el fútbol es fiesta: un encuentro colectivo que humaniza y que se planta en las antípodas de la violencia vacía. Su resistencia creativa hackea lo establecido, altera la geografía del poder y desplaza la centralidad del mapa. Desde este rincón de la historia, la «periferia» no solo exige levantar la Copa del Mundo; reclama, en el fondo, un destello de equidad. Es por Malvinas, por el Diego y la ultima de Leo, pero también es por la redención de los de abajo que hoy gritan por una selección que se mundializó.
