Nota Redacción; El texto propone una lectura política de Magnífica Humanitas, centrada en la relación entre inteligencia artificial, poder y dignidad humana. Su eje principal es que el debate tecnológico no puede limitarse a la innovación, sino que debe incluir quién controla los datos, cómo se distribuyen sus beneficios y qué impacto tendrá sobre el trabajo y las desigualdades. Desde una mirada social y democrática, sostiene que el Estado debe asumir un rol activo como regulador y garante de derechos. La reflexión concluye con una idea fuerte: el verdadero desafío no es qué podrá hacer la inteligencia artificial, sino qué modelo de sociedad decidirá construir el ser humano a partir de ella.
Por el Lic. Fernando Barrionuevo. La enciclica «Magnífica Humanitas» de León XIV pone sobre la mesa una de las grandes discusiones de nuestro tiempo: Qué lugar ocupará ocupará la persona humana frente al avance de la Inteligencia Artificial.
Es una discusión que no puede quedar encerrada en los ámbitos tecnológicos ni en los debates académicos. La inteligencia artificial es, fundamentalmente, una cuestión política. Porque ahí donde existe información, conocimiento, riqueza y capacidad de decisión, existe también poder.
Este Papa advierte sobre el riesgo de que el desarrollo tecnológico termine subordinando al ser humano. Desde mi perspectiva política, esa advertencia merece ser profundizada: No alcanza con preguntarnos que pueden hacer las máquinas. Debemos preguntarnos quien las controla, quien dispone de los datos, quien obtiene las ganancias y quién paga los costos sociales de esta transformación.
La historia del capitalismo enseña que cada revolución tecnológica produce oportunidades, pero también produce nuevas desigualdades cuando la sociedad deja librada su distribución a las fuerzas del mercado.Por eso, frente a la inteligencia artificial, el estado no puede ser un espectador. Debe ser regulador, garante de derechos y también promotor de una innovación que tenga como horizonte el bienestar colectivo.
Hay otra cuestión central: el trabajo.
La incorporación de Inteligencia Artificial puede mejorar la productividad, crear nuevas oportunidades y liberar al ser humano de tareas repetitivas.Pero también puede precarizar empleos, desplazar trabajadores y concentrar aún más la riqueza.
La respuesta democrática no debería ser rechazar la tecnología, sino garantizar que sus beneficios sean socialmente compartidos.
Ese es, quizás, el punto donde una mirada social y democrática como la mía puede ir más allá de la reflexión religiosa: la dignidad humana no se protege solamente apelando a valores. Se protege con educación pública, trabajo digno, seguridad social, derechos laborales, acceso universal a la tecnología y estados democráticos capaces de poner límites al poder económico.
La inteligencia artificial puede convertirse en una extraordinaria herramienta de progreso. Pero el progreso no consiste simplemente en producir más rápido o decidir con algoritmos. Progresar es lograr que la tecnología amplíe las oportunidades de las mayorías y no solamente el patrimonio de unos pocos.
Por eso, la pregunta del futuro no será solamente que hará la inteligencia artificial con nosotros.
Será, sobre todo, qué haremos nosotros con ella y para quien construiremos ese futuro.
Bienvenida sea la llegada de León XIV a la Argentina y a poner un tema actual y cuya discusión recién empieza.
Es importante decir, para terminar, que hasta la Inteligencia Artificial necesita una condición que ninguna máquina puede garantizar por si sola: DEMOCRACIA.
Por Fernando «Beto» Barrionuevo