Brasil: la política, la fe y la reconstrucción del sujeto colectivo.
Por Diego Ramos – Politólogo: Hace apenas unos días, en nuestro artículo La ingeniería de la soledad de la extrema derecha, advertíamos sobre una de las operaciones culturales más sofisticadas de nuestro tiempo: la despolitización de las sociedades mediante la autoexplotación, el individualismo meritocrático y la desaparición del pueblo como sujeto colectivo. Brasil nos ofrece hoy la posibilidad de invertir aquella reflexión: pensar la reconstrucción del nosotros como respuesta política a la fragmentación social.
Luiz Inácio Lula da Silva ha conseguido una victoria histórica, con una diferencia de tres puntos, después de haber quedado segundo en la primera vuelta. No se trata solamente de una victoria electoral. Es la recuperación de la política como instrumento de transformación social frente a un proyecto que pretende convertir el miedo, el odio y la soledad en formas de dominación.
También es una derrota de la injerencia de Donald Trump y de la Casa Blanca, que pretendieron proyectar su influencia sobre la voluntad soberana del pueblo brasileño. Frente a esa presión geopolítica, Brasil reivindica un principio elemental de la democracia: los pueblos no son territorios administrados desde el exterior, sino sujetos históricos capaces de decidir su destino.
La victoria de Lula expresa, además, una enseñanza política fundamental: el odio no constituye un destino inevitable de las sociedades. Frente a la pedagogía del resentimiento, Lula recuperó el amor, la esperanza y la solidaridad como categorías de construcción política. No como sentimentalismo, sino como voluntad concreta de reconstruir vínculos sociales.
En términos de Enrique Dussel, el pueblo no es simplemente una suma de individuos ni una categoría estadística. Es una comunidad histórica que, desde las víctimas y los excluidos, puede constituirse en sujeto político de liberación. Allí reside una de las claves de esta elección: transformar el malestar individual en conciencia colectiva y la fragmentación social en voluntad popular.
Esta reconstrucción no ocurrió solamente en el plano discursivo. Las iniciativas para aliviar el costo de los combustibles mediante medidas tributarias y el avance legislativo de la reducción de la jornada laboral colocaron nuevamente la materialidad de la vida en el centro de la discusión pública. El salario, el tiempo de trabajo y las condiciones de existencia volvieron a reconocerse como cuestiones políticas, no como fracasos individuales.
La disputa también atravesó el territorio religioso. Sectores del evangelismo conservador intentaron presentar la elección como una batalla espiritual entre el bien y el mal, subordinando la fe a una estrategia de poder. Frente a esa instrumentalización religiosa, comunidades evangélicas comprometidas con una lectura profética del Evangelio, junto con sectores de la Iglesia católica y voces episcopales sensibles a la justicia social, contribuyeron a recuperar la centralidad de los pobres, la dignidad humana y el bien común.
En una sociedad atravesada por las plataformas digitales, la manipulación emocional y la circulación sistemática de falsedades, el territorio, la organización comunitaria y la movilización popular demostraron que la democracia no se construye únicamente desde los algoritmos. La presencia organizada del pueblo constituye una respuesta democrática.
Brasil deja también una interpelación profunda para la Argentina, especialmente para su dirigencia opositora. No alcanza con denunciar el ajuste, cuestionar al gobierno o administrar el descontento. Es necesario reconstruir una propuesta de país, recuperar la pedagogía política, volver al territorio y ofrecer un horizonte colectivo capaz de transformar el malestar social en esperanza organizada.
La experiencia brasileña enseña que la alternativa al autoritarismo no puede reducirse a una coalición electoral ni a una reacción contra un adversario. Necesita proyecto, comunidad, organización y una ética pública que vuelva a colocar la vida humana por encima del mercado y de los intereses concentrados.
La ingeniería de la soledad busca individuos resignados; la política emancipadora necesita pueblos organizados. Esa es la enseñanza más profunda que el pueblo de Brasil ofrece a América Latina: cuando el sufrimiento deja de vivirse como culpa individual y se transforma en conciencia de clase compartida, la soledad comienza a retroceder.
Porque el pueblo no derrota al odio reproduciéndolo. Lo derrota cuando recupera su capacidad de encontrarse, reconocerse y construir un destino común. Y allí, precisamente, comienza nuevamente la política. Lula Presidente.