OPINION: Sanar el tejido, activar la potencia – La mística comunal frente al duelo material
Por Diego Ramos, Politólogo
(N de Redación.) El politólogo Diego Ramos plantea una reflexión sobre el impacto humano, social y político del actual contexto económico nacional, marcado por la precarización y la ruptura del tejido comunitario.
Advierte que la militancia territorial atraviesa un duelo material que erosiona la mística, la representación y la capacidad de respuesta cotidiana. Frente a ese escenario, propone abandonar el voluntarismo vacío y reconstruir la política desde la honestidad, la cercanía y la comunalidad.
El desafío central es transformar la angustia social en potencia colectiva, recuperando la fraternidad política, la solidaridad y el arraigo territorial. En definitiva, el texto convoca a repensar el rol de la dirigencia y de la militancia como animadores comunitarios en un tiempo de crisis profunda.
Sanar el tejido, activar la potencia: La mística comunal frente al duelo material.
La última vez que la Iglesia publicó un documento de la escala de «Magnifica Humanitas» fue en 1891, cuando León XIII inauguró la doctrina social cristiana con Rerum Novarum frente al desborde de la Revolución Industrial. Hoy, la primera encíclica de León XIV vuelve a marcar un hito al confrontar un plan geopolítico global de precariedad y deshumanización, donde las recetas económicas de ajuste subastan los bienes naturales y aceleran la cultura de la muerte. Es en este quiebre donde emerge León XIV: un pontífice que, sin titubear ante un presidente del Norte como Donald Trump autoproclamado Dios, asume la responsabilidad histórica de desafiarnos a la construcción urgente de más humanidad desde la política.
Y si bien es cierto que, en materia de legislación, el gobierno de la provincia se ha pronunciado en contra de todo lo nocivo para la población a nivel nacional —en una puja por un federalismo más equitativo—, el embate de la motosierra ha impactado brutalmente. La experiencia reciente en las bases territoriales revela un síntoma sociopolítico crítico: la ruptura del tejido social por asfixia material. La angustia, la tristeza y el desánimo detectados en la militancia más vulnerable y en los sujetos convocados de las diferentes organizaciones políticas no son meras reacciones anímicas individuales; son las consecuencias colectivas de habitar un momento de crisis profunda que precariza la vida cotidiana. Desde la «fraternidad política» y «amistad social» de Francisco hasta el desafío de «más humanidad» de León XIV, hay un llamamiento a recuperar el sentido de la política, cuyo fin es la fiesta de los pueblos y la solidaridad comunal. ¿De qué estamos hablando entonces?
Esta realidad cala hondo en las estructuras tradicionales. Al abrirse el debate en las bases, emerge una carga emocional tan densa que termina por perforar la mística militante. Los espacios que antes funcionaban estrictamente para la formación, la contención o la proyección de cuadros, hoy se ven obligados a transformarse. Siguen cumpliendo ese rol, por supuesto, pero bajo la exigencia de otro análisis y de otra estrategia de comunicación y relación.
Históricamente, la mediación política en los barrios populares operaba bajo una lógica de resolución material: gestión de recursos, asistencia y respuestas inmediatas. Al verse interrumpida esta capacidad por la severidad de la crisis económica, se produce un vacío de representación. Los referentes territoriales se encuentran hoy desarmados frente a la demanda cotidiana, lo que genera una profunda frustración por impotencia: el militante padece el desgaste crónico de poner el cuerpo sin herramientas materiales, licuando aceleradamente su autoridad afectiva y política. Esta realidad, palpable en el territorio, exige repensar los lazos comunitarios.
Este escenario se traduce en una desmovilización por el desencanto que se percibe nítidamente en los rostros. La militancia más precarizada, al notar que la estructura no puede garantizar las condiciones para la reproducción de la vida, cae en la tristeza o se repliega en el individualismo de la mera supervivencia. Por eso, ante un desánimo que aflora en cada grupo, el desafío para la sociología militante y la dirigencia política radica en habitar el territorio con una honestidad brutal sobre lo que nos pasa. Debemos ser capaces de gestionar este escenario adverso y no caer en el «chamullo vago». No se trata de ocultar la escasez, sino de transformar el duelo material en potencia comunitaria; una tarea que es diametralmente opuesta a la lógica de resignación e individualismo que propone el modelo de la extrema derecha.
El diagnóstico está claro: el tejido social está roto, pero no muerto. La respuesta ante la crisis no puede ser el voluntarismo vacío, sino una propuesta política, pedagógica y comunal. Es hora de transicionar de la vieja lógica del puntero/proveedor a la del animador comunitario, ofreciendo a la militancia un horizonte simbólico de dignidad histórica y una comunicación cuerpo a cuerpo. Reconstruir el tejido social desde el arraigo es hoy un imperativo de supervivencia; de lo contrario, el sujeto fragmentado por la angustia queda a merced de los discursos antipolíticos o de las falsas certezas de las economías delictivas, como la timba virtual. No se trata de gestionar la escasez con romanticismo, sino de asumir una auténtica política de la comunalidad. No es una tarea secundaria: es la supervivencia orgánica de nuestra fuerza territorial y la tarea política principal de nuestro tiempo.
