MILEI ES GALTIERI
Por Diego Ramos, Politólogo – Horas antes de su cadena nacional sobre Malvinas, el presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Javier Milei, reivindicó la dictadura de Pinochet en Chile. La provocación busca preparar el terreno para una verdadera “aventura” internacional que funcione como el encendido de su campaña electoral. Milei reedita así la trágica fórmula de Leopoldo Fortunato Galtieri —el dictador que en 1982 arrastró irresponsablemente y sin planificación alguna a la Argentina a una guerra contra el Reino Unido—: apelar a la causa Malvinas para encubrir la crisis interna y contener la acelerada pérdida de legitimidad.
Pero vayamos al origen de esta “galtierización sin balas” de Javier Milei. La disputa actual tiene su eje en la exigencia de Donald Trump para que el Reino Unido incremente su gasto militar en la OTAN y se enfile tras las operaciones geopolíticas de Estados Unidos. Como mecanismo de presión, la Casa Blanca y el Pentágono han dejado trascender la posibilidad de revisar la histórica neutralidad de Washington respecto a la soberanía de las Islas Malvinas.
En esta película, sin embargo, Milei es solo un actor de reparto; un peón secundario que aprovecha el escenario para quitarse el ropaje democrático. El verdadero espíritu de la “batalla cultural” que encarna quedó al desnudo en su propia voz: al pisar territorio chileno, el presidente argentino apeló a una provocación deliberada al calificar a Chile como un “lugar emblemático” y afirmar que, “tras el derrocamiento del comunista Allende, el país entró en un período de estabilidad y crecimiento que se extendió por más de 40 años”.
Al hacer apología del golpe de Estado de Pinochet como el antecedente necesario del éxito económico, Milei no solo profana la memoria regional: establece la doctrina con la que pretende validar la militarización de la política frente a la crisis que lo asfixia.
“Ilumíname, Señor, con tu espíritu”. Al clausurar su paso por Santiago de Chile, Milei no dejó dudas sobre la naturaleza de su cruzada: “Estamos en una batalla que nos excede a cada uno de nosotros y a nuestras naciones; es una batalla entre el bien y el mal”. Es la ejecución puntual del capítulo más oscuro en el manual de las nuevas ultraderechas: la construcción de una hierocracia —el gobierno de lo sagrado—. Bajo esta pretensión, el líder no actúa como un mandatario secular, sino como un intermediario investido por la deidad divina. Una vanguardia de “gente de bien” moralmente elegida para encauzar el destino de la patria mediante la extirpación del enemigo: esa “gente de mal” cuyo único pecado fue haber conquistado y ampliado derechos para sus pueblos.
