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VIDEO/“Más allá del Nunca Más”: la disputa por la democracia en tiempos de fragilidad global -2da Parte

 En un contexto global atravesado por tensiones geopolíticas, crisis del orden internacional y reconfiguración de los discursos de poder, el debate sobre el “Nunca Más” reaparece con una densidad política renovada: ya no como consigna cerrada del pasado, sino como categoría activa en disputa. Las intervenciones reunidas en el ciclo “Diálogos Abiertos” convergen en una idea central: la democracia y los derechos humanos han dejado de ser consensos estables para convertirse nuevamente en territorios de conflicto político, cultural y económico. Se realizó el viernes 27 de marzo, en el Salón Auditorio de Las Torres, el ciclo “Diálogos Abiertos” bajo la consigna “Pensar el Nunca Más. Memoria sitiada; Los DDHH  frente a la actual fragilidad democrática y el quiebre del orden jurídico”, organizado por el Centro de Estudios para la Integración y el Desarrollo (CEDI) y la Asociación Civil “Coyuyas”. 

El legislador provincial y presidente del CEDI, Martín Díaz Achával, trazó una intervención de fuerte densidad política y conceptual en torno al sentido del “Nunca Más” y su vigencia en el presente democrático. Lejos de una mirada conmemorativa, planteó una lectura histórica estructural: la dictadura no fue un hecho repentino ni aislado, sino el resultado de un proceso de deterioro social, de construcción de violencia y de instalación progresiva de un clima de intolerancia y desprecio por el otro.

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En ese sentido, fue enfático al rechazar la idea de “guerra” para explicar el terrorismo de Estado, subrayando que lo ocurrido en la Argentina implicó un plan sistemático de secuestro, tortura, desaparición y violencia —incluida la violencia sexual— con un objetivo claro: el amedrentamiento y el disciplinamiento social. No se trató solo de eliminar adversarios, sino de generar un aprendizaje colectivo a través del terror, para inhibir cualquier intento de cuestionamiento al orden establecido.

Díaz Achával avanzó además en una definición política clave: el trasfondo de ese accionar fue la imposición de un modelo económico y social que requería, para consolidarse, la desarticulación de la capacidad crítica de la sociedad. De allí que el legado de la dictadura no solo se encuentre en normas que aún persisten, sino también en un efecto cultural más profundo: el miedo al conflicto, a la discusión y a los cambios estructurales.

Frente a ese diagnóstico, reivindicó el consenso democrático del “Nunca Más” como un punto de partida y no como una meta cumplida. La democracia —afirmó— no es una forma cerrada ni única, sino una construcción dinámica, diversa y colectiva, que se edifica en comunidad. En esa línea, propuso entender al ciudadano no como un sujeto aislado, sino como un actor que se define en relación con otros, en la vida social y política.

Uno de los ejes más potentes de su discurso fue la reivindicación de la indignación como motor de la política. Interpeló directamente a la sociedad —y en particular a las nuevas generaciones— a preguntarse qué injusticias actuales los movilizan y qué aspectos de la realidad desean transformar. Allí destacó el papel del movimiento feminista como ejemplo de construcción colectiva capaz de trascender diferencias internas para impulsar cambios estructurales y cuestionar privilegios naturalizados.

En clave local, sostuvo que ninguna sociedad —ni siquiera aquellas con las que se identifica políticamente— puede asumirse como terminada o exenta de críticas. Por el contrario, subrayó la necesidad de revisar, debatir y mejorar de manera permanente, valorando la existencia de espacios institucionales como el Consejo Económico y Social, pero remarcando que su efectividad depende de una ciudadanía activa que los utilice.

El dirigente también dejó una advertencia: el retroceso democrático no se produce solo por decisiones del poder, sino también por la pasividad social. “Avanzan cuando nosotros retrocedemos”, sintetizó, en una clara alusión a los riesgos de la apatía, el miedo o la autocensura, incluso frente a formas contemporáneas de presión como la exposición en redes sociales.

Finalmente, Díaz Achával situó su reflexión en una perspectiva generacional. Reconoció los logros conquistados por distintas generaciones —desde los derechos humanos hasta las agendas de género—, pero planteó que la historia exige superación constante. Lo que hoy se considera un avance, mañana debe ser transformado por algo mejor. En ese marco, llamó a sostener una “dosis de rebeldía” como condición indispensable para la vida democrática.

El cierre condensó su mensaje político: la transformación social no surge desde las estructuras de poder, sino desde quienes sienten y padecen la injusticia. Por eso, convocó a no callar, a organizarse y a construir comunidad como base de una democracia viva, entendida no como un estado dado, sino como una práctica cotidiana de participación, cuestionamiento y búsqueda de una sociedad más justa.

Diego Ramos y Luis Garay

Por otra parte, considerando que estamos ante un contexto atravesado por tensiones geopolíticas, crisis del orden internacional y reconfiguración de los discursos de poder, las intervenciones de Diego Ramos y Luis Garay convergen en una advertencia central: la democracia y los derechos humanos ya no están garantizados como consensos estables, sino que vuelven a ser objeto de disputa política, cultural y económica.

Ambos expositores sitúan el debate en una doble dimensión. Por un lado, el plano internacional, donde identifican un proceso de deterioro del sistema jurídico global, con especial énfasis en el rol de Estados Unidos y el liderazgo de Donald Trump, al que señalan como promotor de una lógica de ruptura del orden institucional y de las reglas que históricamente sostuvieron cierta estabilidad mundial. En esa línea, advierten sobre el pasaje de un “orden internacional” a una idea más profunda y peligrosa: la construcción de una “nueva creación” del mundo, que no solo redefine estructuras de poder, sino también subjetividades, valores y sentidos comunes.

Ramos introduce un elemento clave: la batalla ya no es solo territorial o económica, sino simbólica. Denuncia la emergencia de discursos que apelan a lo religioso y lo emocional para legitimar formas de poder autoritarias, erosionando la racionalidad democrática. En ese marco, el “Nunca Más” deja de ser solo memoria histórica para convertirse en una categoría política activa, que debe ser defendida frente a nuevas formas de legitimación de la violencia y la desigualdad.

Por su parte, Garay desplaza el eje hacia el plano interno argentino, planteando una tensión que interpela directamente al sistema político: una sociedad que reivindica el “Nunca Más” convive, al mismo tiempo, con decisiones electorales que pueden poner en riesgo esos mismos valores. Esta aparente contradicción revela, según su análisis, un déficit en la construcción de conciencia política y en la disputa cultural por el sentido de la democracia.

En ese sentido, ambos coinciden en que el problema ya no es solo evitar el retorno de las dictaduras, sino definir qué democracia se quiere construir. Garay plantea que la democracia no es un estado dado, sino un proceso en permanente construcción, atravesado por disputas económicas y sociales que en muchos casos mantienen continuidades con estructuras heredadas de la última dictadura, especialmente en el plano financiero y en la concentración del poder económico.

La crítica se amplía hacia el rol de las élites económicas y sectores de poder que, lejos de haber sido plenamente juzgados, continúan condicionando el rumbo político y económico del país. Desde esta perspectiva, la democracia argentina aparece como incompleta: logró avances en materia de derechos humanos, pero no logró transformar del todo las bases estructurales del poder.

Ambas miradas confluyen en un diagnóstico inquietante: la emergencia de nuevas formas de autoritarismo —algunos las denominan “nuevo fascismo”— que ya no se imponen por la fuerza militar, sino a través de discursos, medios de comunicación y tecnologías que moldean subjetividades y fragmentan los lazos sociales.

Frente a este escenario, la respuesta propuesta no es meramente institucional, sino profundamente política y social. Se plantea la necesidad de reconstruir comunidad, fortalecer los vínculos sociales y disputar el sentido común en todos los ámbitos, incluyendo las nuevas generaciones, los medios y los espacios culturales.

En definitiva, la consigna “Más allá del Nunca Más” deja de ser una evocación del pasado para convertirse en un desafío del presente: sostener la memoria, pero al mismo tiempo redefinir el proyecto democrático en un mundo donde las certezas se erosionan y los consensos vuelven a estar en juego.

También hicieron su aporte dos jóvenes integrantes de la Asociación Civil «Las Coyuyas»

Las militantes feministas Sofía Mansilla y Juana Villegas plantearon una lectura política del “Nunca Más” anclada en el presente, donde la memoria deja de ser un ejercicio meramente conmemorativo para convertirse en una herramienta activa de transformación social.

En su intervención, definieron la memoria como una práctica orientada al futuro: no solo recordar el pasado oscuro de la dictadura, sino interpelar el presente y proyectar qué democracia se quiere construir. En esa línea, sostuvieron que el “Nunca Más” no clausuró las injusticias, sino que obliga a revisar las desigualdades actuales y las nuevas formas de vulneración de derechos.

Desde una perspectiva feminista, incorporaron una dimensión clave al análisis histórico al señalar que el terrorismo de Estado también ejerció violencia sexual sistemática contra las mujeres, entendida no solo como agresión física, sino como mecanismo de disciplinamiento moral y social. Advirtieron además que estos delitos no siempre han sido visibilizados ni juzgados con la especificidad que requieren, lo que evidencia deudas persistentes en materia de derechos humanos.

Ambas expositoras vincularon esa memoria con las luchas actuales, en particular frente a lo que consideran un retroceso en políticas públicas vinculadas a género y derechos sociales. En ese contexto, reivindicaron la militancia como herramienta central en la conquista y defensa de derechos, subrayando que los avances históricos no fueron concesiones del poder, sino resultado de la organización colectiva.

El eje discursivo se profundizó con una crítica al individualismo contemporáneo, al que identificaron como un obstáculo para la construcción democrática. Frente a ello, propusieron una concepción comunitaria de la política: la democracia no se edifica desde lo individual ni desde el aislamiento, sino en el vínculo con el otro, en la conciencia social, de clase, de género y de las múltiples desigualdades que atraviesan a la sociedad.

Finalmente, plantearon que la construcción de memoria es inseparable de la vida cotidiana: se juega en los espacios más inmediatos —el barrio, la vereda, el trabajo— y en la capacidad de reconocerse en el otro. Solo a partir de esa conciencia colectiva, concluyeron, es posible sostener una democracia participativa y proyectar una sociedad más justa, donde el “Nunca Más” sea no solo una consigna histórica, sino una práctica viva.

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