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OPINIÓN: FORMANDO FRUSTRADOS

Colaboración: Edmundo Fuster, Analista, Consultor y Columnista de Opinión

Estamos formando jóvenes para trabajos que tal vez ya no existan.

Mientras el mundo discute inteligencia artificial, automatización y nuevas habilidades, nosotros seguimos defendiendo estructuras educativas que cambian a velocidad de expediente.

El esfuerzo sigue estando. La pregunta es si la oportunidad también.

Cuando una sociedad tarda en actualizarse, no solo atrasa: fabrica frustración.

¿Estamos enseñando para el mañana o administrando el ayer?

En Argentina se discute con intensidad cuánto dinero debe recibir la universidad pública. Y está bien que así sea. Sin presupuesto serio no hay investigación, no hay docentes bien pagos y no hay calidad posible.

Lo que casi nunca se discute con la misma pasión es algo igual o más importante: qué se enseña, para qué mundo y para qué futuro.

Mientras aquí seguimos atrapados en debates eternos, el mercado laboral cambia a una velocidad desconocida. La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización ya están modificando tareas, profesiones y estructuras completas de trabajo. Algunas ocupaciones desaparecerán gradualmente, otras necesitarán menos personas y muchas nuevas todavía ni siquiera tienen nombre definitivo.

Sin embargo, buena parte del sistema educativo continúa funcionando con la lógica de otro tiempo.

Planes de estudio rígidos, carreras extensas, contenidos que envejecen antes de egresar, escasa conexión con el sector productivo, poca formación interdisciplinaria y una lentitud burocrática incompatible con la época.

Defender la universidad pública no debería significar congelarla.

Modernizar no es privatizar. Revisar no es atacar. Exigir actualización no es despreciar la educación superior. Al contrario: es tomarla en serio.

Hace años, en ciertas carreras técnicas, cálculos que demandaban jornadas enteras se resolvían con regla de cálculo, luego con calculadoras científicas y más tarde con programas informáticos. Hoy, una computadora común ejecuta en minutos procesos que antes requerían semanas de trabajo especializado.

Eso no eliminó la necesidad de conocimiento. La transformó.

Se necesitan menos tareas repetitivas y más capacidad analítica. Menos memoria mecánica y más criterio. Menos compartimentos estancos y más integración entre disciplinas. Menos solemnidad académica y más adaptación permanente.

El problema aparece cuando seguimos formando egresados para demandas que ya cambiaron o para puestos que se reducirán drásticamente.

Entonces el título llega, pero el mercado no espera.

Y detrás de esa demora aparece una de las frustraciones más silenciosas de nuestro tiempo: jóvenes que hicieron lo correcto, estudiaron, se esforzaron, cumplieron con todo… y descubren que nadie preparó el puente entre esfuerzo y oportunidad.

La universidad sigue siendo una herramienta formidable de movilidad social, pensamiento crítico y progreso. Precisamente por eso necesita discutir algo más profundo que una partida presupuestaria.

Necesita preguntarse si está preparando profesionales para el mañana o administrando estructuras del ayer.

Porque cuando una sociedad posterga esa pregunta durante demasiado tiempo, no solo atrasa.

También fabrica frustrados.

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