OPINIÓN: AFEITADOS Y SIN VISITAS
Colaboración, Edmundo Fuster. Consultor y Columnista de Opinión
OBSEQUIO: Volumen XI de la colección de Libros Animados interactivos ENFOQUES!
Hay momentos en que la política deja de discutirse con números y empieza a olerse en el ambiente.
Un rumor, una demora, una explicación que no llega, pequeñas señales que aisladas parecen menores pero juntas construyen otra cosa.
“Afeitados y sin visitas” intenta mirar justamente eso:
la distancia cada vez más grande entre el relato, el humor social y la realidad cotidiana.

Una de estas noches soñé que un gerente general —cuando yo era apenas gerente de Construcciones— me pedía que consiguiera facturas, que ofreciera pagar IVA, Ingresos Brutos y alguna otra cuestión impositiva, y que negociara un porcentaje por cada comprobante.
Realmente no necesité demasiadas explicaciones por dos razones:
a) Las órdenes no se discuten: se cumplen o se renuncia.
b) Porque entendí rápidamente cuál era el meollo de la cuestión: había que blanquear.
Materiales de construcción, mano de obra, fletes, traslados… eran servicios difíciles de comprobar. ¿Quién podía asegurar bolsas de cemento de más o de menos, viajes a la oficina o recorridas por otras obras? Todo se perdía dentro del total.
En mi sueño creí descubrir cómo se pueden blanquear cantidades no exorbitantes en la construcción sin que las detecte el radar y cómo, además, eso les conviene a todos. Era casi tan fácil como patear un penal con un arco de quince metros de ancho.
Ahora, el caso de inventar ingresos todavía no lo soñé, pero algo me hace pensar que no debe ser tan sencillo.
Seguramente ese sueño estuvo vinculado, de algún modo, con que el presidente de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, Adelmo Gabbi, le aconsejara públicamente a Manuel Adorni que presentara su declaración jurada patrimonial “lo más rápido posible”.
Un poco más elíptico fue el FMI al reclamar prácticamente lo mismo mientras otorgaba otro préstamo de mil palitos verdes, como diciendo: “Te los doy, pero hay alguna cosita por corregir”.
Debo reconocer que este tema me preocupa mucho. Y cuando una preocupación deja de ser individual para transformarse en algo generalizado, ya no hablamos de un problema particular sino de un problema serio.
Con el mayor de los respetos y con la inocencia de Heidi, me pregunto: ¿puede ser que algunos no se hayan enterado del daño que se le está causando al país y a los casi cincuenta millones de personas que habitamos este suelo?
Si la persona en cuestión tiene todo para demostrar, la demora resulta injustificada. Y si la declaración jurada que va a presentar es inconsistente, apenas estará prolongando la agonía. Porque, ¿alguien duda de que hasta el punto final será revisada bajo el microscopio? Y para que los números cierren, algo habrá que blanquear y a alguien habrá que mandar preso… aunque sea en sentido figurado.
Cuando el año pasado el país vivió un proceso de desestabilización, se habló del “riesgo kuka”. Luego el oficialismo ganó y el riesgo kuka desapareció. Supongamos que sea cierto.
Pero entonces empiezan a aparecer problemas desde distintos ángulos que, aislados, quizás resulten menores; aunque juntos… mamita. Y tal como enseñan las leyes de la Gestalt, el todo es más que la suma de las partes. Entonces el “riesgo kuka”, al menos para quienes tienen que poner la tarasca, vuelve a cobrar valor.
Entre el mecanismo de vinculación con el mundo exterior —sobre el que periodistas, artistas, economistas y cantantes pueden dar testimonios—, el nunca aclarado tema $Libra, las compras y contrataciones de ANDIS, las tarjetas corporativas de Nucleoeléctrica, los anteojos de PAMI y los gastos del jefe de Gabinete, las encuestas muestran que la imagen presidencial viene barranca abajo.
Mientras tanto, Mauricio Macri deja por un rato el bridge y la FIFA; a Patricia Bullrich —la dirigente con mejor imagen— no la invitan al Tedeum ni la dejan entrar al Cabildo; y la diputada Marcela Pagano aparece a cada rato con una denuncia nueva.
Si a eso se le suma que el último avioncito que se compró dicen que se pagó un “poco” más caro y los conflictos con las universidades, todo apunta a que la reelección —que hasta hace poco parecía casi segura— hoy sea bastante más vidriosa.
Con una situación que cualquier observador poco avispado puede advertir, no dudo de que esto haga ruido entre los inversores, tanto de afuera como de adentro. Porque, salvo el doctor Aníbal Fernández, casi cualquier interlocutor del justicialismo plantea que, de regresar al poder, daría vuelta la tortilla.
Así que los billetudos probablemente esperen antes de apostar a las elecciones del próximo año. Y mientras tanto habrá que seguir caminando por el desierto y rezar para que no se levante una tormenta de viento, porque ya sabemos cómo molesta la arena en los ojos.
Según la Universidad Di Tella, en mayo la imagen del Gobierno cayó por quinto mes consecutivo. Y aunque todo lo anterior quizás sería tolerable si el poder adquisitivo estuviera creciendo, si abrieran nuevos locales comerciales y aumentara el consumo, la realidad parece ir por otro camino.
Si los jubilados tuvieran buenos ingresos, los discapacitados no atravesaran las angustias actuales, el campo estuviera libre de retenciones y los empleados públicos conservaran estabilidad laboral y mejora salarial, entonces todos esos problemitas pasarían inadvertidos. Pero nada de eso ocurre.
Muchos queríamos que terminara la inflación, que el ajuste lo pagara la casta y que se acabaran los negociados con los planes sociales. Todo ya y al mismo tiempo. Pero tela y sopa no entran en la boca. Esto es Argentina, no Disney. Y si además desde el poder se emiten descalificaciones y violencia verbal, el combo queda completo.
Frustración, angustia, acompañamiento forzado a un beneficio que no termina de aparecer… y de ahí a la decepción, la bronca y a buscar otro perro que te ladre hay apenas un paso. Eso ya se huele en el ambiente.
El caso Adorni es apenas la frutilla del postre
Porque ya dejó de ser solamente lo que es para transformarse en lo que el imaginario popular cree que es. Y contra eso resulta muy difícil luchar. De hecho, el tema de las SIRA parece mucho más grave y, sin embargo, no tiene relevancia social.
Visto desapasionadamente desde afuera, el panorama parece claro y sencillo. Y cuesta entender cómo se hace todo exactamente para profundizar el problema.
Qué tristeza. Otra vez parece que vamos a quedar afeitados y sin visitas.
